Cómo es un año en Irlanda
Irlanda no tiene temperaturas extremas, porque el océano suaviza tanto los inviernos como los veranos. Lo que realmente cambia a lo largo del año es el viento y la luz: el invierno trae un viento atlántico constante y oscurece desde media tarde, mientras que en pleno verano el cielo occidental nunca llega a cerrarse del todo hasta casi las once de la noche. Aquí la lluvia suele llegar en ciclos cortos de sol y nubes en lugar de un aguacero de todo el día, por eso los locales siguen caminando sin importar el pronóstico. Prepárate para un clima cambiante, no para uno lluvioso.
El año, por tramos
- Marzo a abril: Los campos recuperan un verde tan intenso que explica el apodo del país, aunque el viento todavía muerde y los cielos totalmente despejados no son aún habituales. Marzo trae el día nacional, cuando los pueblos organizan desfiles y los pubs están más llenos que en cualquier otro momento de la primavera — consulta el calendario de ese año, tanto si quieres vivirlo como si prefieres evitarlo. Fuera de Dublín, todavía es fácil encontrar habitación y las rutas costeras están tranquilas. Algunas atracciones rurales funcionan con horario reducido hasta que empieza propiamente la temporada.
- Mayo a junio: Quienes conocen bien la isla suelen nombrar estas semanas como las mejores del año. La luz se alarga cada semana, las flores silvestres llenan los setos y los muros de piedra, y la ola de visitantes de pleno verano todavía no ha llegado. Los estrechos circuitos de conducción de las penínsulas del suroeste todavía no están en cola detrás de autocares lentos como ocurre en agosto. La mayoría de los años esta ventana también encadena el mayor número de días genuinamente secos.
- Julio a agosto: El tramo más concurrido y luminoso del año. Los famosos acantilados y la ruta costera occidental reúnen colas de gente esperando la misma fotografía, y los estrechos caminos rurales se llenan detrás de autocaravanas y autocares turísticos. La compensación es real: los barcos hacia las pequeñas islas de la costa funcionan con el horario más completo del año, y los festivales de música tradicional en los pueblos pequeños se concentran en estos dos meses. Reserva coches y travesías a las islas con mucha antelación en lugar de el mismo día.
- Septiembre a octubre: El tramo intermedio que le viene bien a cualquiera que huya de las multitudes. Septiembre todavía tiene luz de día suficiente para una jornada completa, mientras que octubre trae mares más agitados y ese tipo de cielo dramático y cambiante que buscan los fotógrafos. Los ferris entre islas empiezan a reducir sus salidas desde mediados de octubre, y algunos restaurantes de pueblo en las costas más expuestas cierran hasta la primavera. Comprueba los horarios de apertura de cualquier sitio remoto antes de conducir dos horas para llegar.
- Noviembre a febrero: Una temporada para bares, música en directo y museos. Rara vez hace realmente frío y la nieve en la ciudad es inusual, pero las tormentas atlánticas llegan en oleadas y pueden cancelar ferris y, de vez en cuando, algún vuelo doméstico. La luz del día es tan corta que cualquier trayecto panorámico hay que encajarlo entre media mañana y media tarde. Los precios están en su punto más bajo y las ciudades se sienten completamente locales, que es lo que se gana a cambio de perder las largas tardes.
Las semanas que conviene elegir
El punto óptimo va de finales de mayo a principios de julio, y luego otra vez durante septiembre. Esas semanas dan luz de día suficiente para recorrer toda una península en un día, ofrecen tantos días secos como esta isla llega a tener, y no te dejan peleando por cada plaza de aparcamiento en un mirador con un autocar. Quien quiera llegar a las pequeñas islas del oeste debería moverse dentro de esa ventana, porque el horario de ferris está completo y las cancelaciones por mala mar son menos probables. Septiembre tiene además la ventaja de un mar más cálido que en junio, si lo tuyo es bañarte.
Las semanas que conviene evitar
El tramo del que más se arrepiente la gente es de mediados de noviembre a mediados de febrero, no tanto por el frío como por los ciclos de tormentas y los días cortos, que hacen que un itinerario costero apenas funcione. Las carreteras más bonitas del país recorren acantilados expuestos, y son las primeras que cierran cuando el viento supera cierta fuerza. El otro periodo con el que hay que pensárselo dos veces es la semana de la fiesta nacional en marzo, cuando los pubs y las habitaciones de la ciudad se llenan de golpe; si no vas por las celebraciones, pagas precios de temporada alta por un viaje normal. Ir de todos modos está bien, siempre que el plan se apoye en pueblos, música y sitios interiores más que en vistas.
Cómo afecta la temporada a un plan de datos
Los mapas de Irlanda engañan a la gente, porque las distancias son cortas pero las carreteras son estrechas e interminablemente sinuosas. En verano, cuando todo el mundo recorre la ruta costera occidental, encontrarás tramos de varios kilómetros sin señal utilizable detrás de una loma o en un valle, así que carga toda la ruta del día antes de salir del pueblo. Los ferris a las islas pequeñas suelen perder la señal a mitad de la travesía y recuperarla cerca del muelle, así que confirma cualquier reserva de isla mientras todavía estás en tierra firme. En invierno los datos se mueven bajo techo, a los pubs y hoteles con buen Wi-Fi, pero cuando una tormenta corta la luz por zonas, el Wi-Fi cae antes que la red móvil, lo que hace que una línea móvil funcional valga más en los meses de viento de lo que la mayoría de los visitantes espera.